South of the Border: Oliver Stone y su monstruo del pantano

Traducción del inglés: Atenea Acevedo

Machetera

Vivo en un desierto cinematográfico. Antes había por aquí un cinito tenebroso, pero lo echaron abajo y nos abandonaron a la suerte de Netflix. El piso del viejo cine era pegajoso como el engrudo gracias a los litros de refresco de cola derramados que nadie limpiaba. Según mi papá, no era un mal sitio para ver una peli si llevabas un huacal para subir los pies y una pinza para taparte la nariz.

En todo caso, el perfil demográfico de mi ciudad no es lo máximo. Tampoco sé nada del negocio de la distribución de películas, pero no me sorprende que la gente a cargo de distribuir South of the Border de Oliver Stone se haya saltado mi rincón en el mundo cuando definía la programación del documental el verano pasado. La única opción era organizar una proyección por mi cuenta, pero paso, gracias.

En fin, hace más de un año, después de ver el pésimo documental de Stone titulado Comandante (conseguir que a Machetera la venza el sueño durante una entrevista con Fidel Castro ya es decir bastante) y varios desalentadores avances que evidenciaban la absoluta incapacidad de Stone para pronunciar el nombre de Hugo Chávez correctamente, predije que South of the Border sería una decepción más… pero desconocía un detalle muy importante. A diferencia de Comandante, Oliver Stone no es el guionista de South of the Border; esa labor quedó en manos de Mark Weisbrot y Tariq Ali, quienes, por supuesto, hicieron un trabajo estupendo. Es una pena que la distribución de películas se encuentre un estado tan lamentable que quienes más necesitan ver ésta tengan las peores probabilidades de hacerlo, aunque quizás todavía pueda influir un poquitín en el Departamento de Estado o en la gente de Obama.

Entonces, ¿por fin logró redimirse Oliver Stone en el género documental? Después de todo, ceder la posta y contratar a guionistas más talentosos que uno es un gesto de humildad, ¿no? A ver, no nos apresuremos. Como aclaró Chávez cuando Stone le preguntó si no había ovejas negras en su familia, «Yo no dije eso».

La parte que encuentro más reveladora (y también exasperante) está en los «extras» del DVD, donde vemos a Stone volver a Venezuela en 2010 y preguntar a Chávez cómo ve a Obama. ¿La respuesta? «Creo que nombrar a Hillary Clinton secretaria de Estado fue un error garrafal». ¡Ajá! Me acomodé en el asiento a la espera de una explicación que sin duda seguiría a esa declaración. ¿Por qué? ¿Hablaría Chávez ante la cámara acerca del vergonzoso papel de Obama en Honduras? De hecho, esta era la única parte de verdad discordante de la película: Honduras era invisible. Igual Haití. Sin duda Ali y Weisbrot tuvieron que tomar decisiones a la hora de editar la filmación, pero si se dedica un montón de tiempo al golpe en Venezuela fabricado en Estados Unidos, mencionar el (primer) golpe durante el gobierno de Obama (y sus similitudes con los dos en la era Bush) no le hubiese hecho daño a la trama… en realidad, ¡esa es la trama!

Esas eran mis reflexiones mientras contenía la respiración y esperaba los comentarios de Chávez. Comentarios que jamás escucharé, porque el egocéntrico, abominable y sexista de Oliver Stone emergió como el monstruo del pantano y se llevó todo al garete.

Cuando reaccioné Stone le preguntaba sinuosamente a Chávez si Obama es un hijito de mamá porque le faltó una fuerte figura paterna en la infancia y por su enérgica esposa, o si tiene emociones no resueltas en su vinculación con las mujeres o qué-sé-yo, pero cuando Chávez respondió (de manera veraz) que él mismo se identifica como feminista, de pronto Stone llamó a la hija del presidente para acribillarla a preguntas como, por ejemplo, si “al igual que todas las mujeres”, le gusta ir de compras. Mientras tanto, Stone sacó algo de oro de su bolsillo, se jactó de que era real (“Podría venderlo en cualquier parte”), obligó a Chávez a echarse un volado con él (¡¿Por qué?!) y el momento se esfumó… gracias a las groserías de Stone. No tengo información privilegiada acerca de lo que Weisbrot debió soportar como niñero de Stone en los largos viajes por carretera que hicieron para proyectar la película, pero me lo puedo imaginar. Sí sé que tantas horas de viaje juntos no sirvieron para que Stone mejorara su pronunciación cada vez que dice «Chávez».

Oliver, el periodismo no es tan complicado, ¡créeme!

Esas tomas no llegaron al montaje final, pero el monstruo del pantano que habita a Oliver Stone aparece de todas maneras en el documental que se ve en pantalla grande. Mientras pasea por la calle a lo largo del puerto de La Habana, el director nos regala una laberíntica entrevista… consigo mismo, en la que compara a Fidel con Santiago, el personaje de Hemingway en El viejo y el mar, y la Revolución Cubana con el pez espada de Santiago devorado por los tiburones (creo), y explica que hay un capitalismo bueno y un capitalismo malo, y me imagino que el bueno es aquel que te compra una mansión en Telluride y un boleto de avión para preguntarle a Cristina Fernández cuántos pares de zapatos tiene, y el malo es, bueno, otra cosa.

¿Vale la pena ver la peli? Sí. La verdad, superó mis expectativas. No es tan entretenida como un documental de Michael Moore, pero es una herramienta útil si los fines son educativos. Si te animas a verla, lleva un huacal para subir los pies y una pinza para taparte la nariz.

Atenea Acevedo y Machetera son miembras de Tlaxcala, la red internacional de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción puede reproducirse siempre y cuando no se modifique su contenido y se cite la fuente, y los nombres de la autora y la traductora.

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